El cine y el dolor que nos une

Si bien el hedonismo ha sido la teoría fundamental de la motivación, la observación psicológica y la experiencia subjetiva parecen desmostrar que nuestra conducta va más allá del principio del placer. De esta manera, podríamos convertir el inevitable dolor que a veces sentimos en un espacio de encuentro, empatía y construcción compartida de sentido, y no sólo en algo a evitar, sobre todo teniendo en cuenta que no siempre es eso posible. 

El cine como escape y como maestro

Hace tiempo que me di cuenta de que el cine ha sido mi mayor maestro. Un mundo a través del cual poder vivir más vidas además de la nuestra. Un mundo imaginario, sí, pero no mucho más que el nuestro una vez te das cuenta de ello y, sin duda, un mundo simbólico que nos regala aprendizajes para así poder volver después a nuestra realidad y vivirla de una manera más íntegra o plena. Por ello, no me resulta extraño que al ponerme a pensar en cuál debería ser el primer artículo de este blog, el cine y varios recuerdos de la infancia me hayan venido a la mente.

Recuerdo una tarde de mi juventud en familia, durante las vacaciones de Navidad, en la que estaba viendo (otra vez) la película Gladiator junto con mi padre, mi tío y mi hermano. Justo durante una escena de contenido violento, mi tía entró en el salón donde estábamos y, con la sensibilidad y el buen humor que siempre la han caracterizado, exclamó "¿¡Pero por qué véis estas cosas!? ¿¡Para qué sufrir!? ¿No es mejor ver una comedia?". Más allá de la respuesta simplona a modo de broma que le dimos (debimos de contestarle algo así como que era porque a los hombres nos gusta ver violencia), supe que su crítica estaba cargada de coherencia. ¿Qué razón había? ¿Qué necesidad? ¿Por qué exponerse a un drama violento con final amargo en lugar de a una comedia para echar unas risas? Fue la primera vez, que yo recuerde, que pensé en el más allá del principio del placer que años después leería en Sigmund Freud.

Más allá del principio del placer y el dolor que nos une

Después de terminar de ver la película, salí del salón y fui a hablar con mi tía, que estaba con mi madre en otro lugar de la casa, en busca de poder darle (darme, en realidad) una respuesta mejor. Así pues, haciendo caso a la enseñanza de Antonio Machado en su cita "Ayudadme a comprender lo que os digo y os lo explicaré mejor", le dije que su pregunta me había hecho recordar una situación similar sucedida años atrás, en la que me dejaron alquilar la película Salvar al soldado Ryan cuando en un principio me dijeron que no porque todavía no tenía la edad recomendada para verla, y les pregunté por qué cedieron si, seguramente, no creo que yo les insistiera demasiado y podría haber aceptado un razonable "no" por respuesta. Tras admitir las lagunas en su memoria, me contestaron que probablemente no serían conscientes de lo dura que era. Si lo pienso en la actualidad, sigue sin convencerme esa respuesta, porque ambas están lejos de ser personas descuidadas en la educación de sus hijos o sobrinos y podrían haber parado la película en cualquier momento. Es más, le recordé a mi madre que la primera vez que vi precisamente Gladiator fue en el cine con ella y con mi hermano cuando tampoco tenía la edad recomendada para verla. Por lo tanto, para resolver la duda, me inclino más por la confianza inconsciente de unas madres en la sociedad y en los instrumentos de ésta para educar y hacer madurar a los hijos sin sobreprotegerlos demasiado, o incluso por "usar" a sus hijos como excusa para ver ellas mismas películas que conscientemente rechazan. Pero, en cualquier caso, ¿por qué quería verla yo?

Debía de ser un interrogante de mucho interés para mí, porque después volví a recordar otro episodio similar sucedido cuando era todavía más joven. En esta ocasión, era ya de noche y sí que tenía terminantemente prohibido ver la película en cuestión, por lo me tenía que ir a dormir. Yo tenía menos de 10 años y la película era La Lista de Schindler. Pese a ello, gracias al (acertado y equivocado) hecho de que tenía televisión en mi cuarto, fingí que me iba a dormir, apagué las luces de la habitación, encendí el aparato, pulsé rápida y repetidamente el botón para bajar el volumen al mínimo y que no se oyera desde fuera, coloqué una toalla en la ranura inferior de la puerta para que no pasara la luz al otro lado, donde la ley imperaba, y me vi la película entera con el rostro pegado a la pantalla. Tremendo error (y acierto) el que cometí. Abrupta malbienvenida a la realidad adulta. Pero, más allá de la reflexión sobre las posibles consecuencias de conocer esa dolorosa historia, ¿qué motivaba tales conductas? ¿La atracción por el fruto prohibido por el simple hecho de ser prohibido? Eso sólo explicaría este último acto. ¿La búsqueda de pruebas de hombría como en cualquier joven que construye su identidad en base a roles de género? Eso sólo explicaría el interés por las otras dos películas que ya sabía previamente que eran violentas. ¿Es la necesidad de saber? ¿La curiosidad propia de nuestra especie? Insuficiente explicación si la tomamos como causa prima

Sólo si entendemos la curiosidad como la necesidad de conquistar nuevos horizontes del saber por una falta previa, podemos hallar una respuesta suficientemente satisfactoria. Una falta ocasionada por la ruptura previa del imaginario y, con ello, del sentido simbólico otorgado hasta entonces a nuestra vida. Una ruptura a partir de la cual el hedonismo no ofrece una motivación suficiente para la conducta humana, pues la alegría se convierte en necia si no se da junto a la integración de las inevitables experiencias dolorosas, incluso cuando la vivencia de las mismas no haya sido de forma directa sino a través de un otro, aunque sea sólo en la historia de una película. Es entonces cuando la naturaleza humana trasciende desde un yo particular hacia un nosotros y hacia el todo, cuando la razón nos hace salir de la caverna primero para volver a entrar al rescate después, cuando tomamos la pastilla roja para destruir la matrix, cuando incluso caemos irracionalmente en la madriguera de conejo para luego salir de nuevo a la obra de teatro siendo mejores actores, cuando entendemos que la vida sólo puede entenderse como una tragicomedia que une al género humano en la búsqueda de sentido y que el dolor, lejos de ser únicamente algo a evitar, puede ser un lugar de encuentro con el otro, de empatía, de consuelo y de construcción compartida del sentido de la vida. Sólo entonces ese joven es capaz de conocer por fin la respuesta a su pregunta y de entender por qué en el futuro también sentirá el deber de peregrinar al doloroso lugar de la historia de la película antes de pasar a conventirse de paciente a terapeuta.

"Si bien afirma el trágico sufrimiento de la existencia, es en virtud de éste por el cual estamos vinculados unos con otros, lo cual ofrece consuelo y permite la paciencia, la tolerancia, la benevolencia y el amor al prójimo" - Irvin D. Yalom, parafreseando a Schopenhauer
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